viernes, 25 de marzo de 2011

¿Cómo comprender el presente?

¿Cómo comprender el presente?
Lic. Horacio Bernardo
Columna: Preguntas Filosóficas
Revista Caras y Caretas 18.03.2011

Existe la creencia errónea de que comprender el presente es una tarea reservada a expertos o analistas. Sin embargo, cada individuo necesita formarse una idea de lo que se conoce como la actualidad para poder tomar decisiones adecuadas en su cotidianeidad. Desde este punto de vista, se hace relevante la pregunta sobre cómo es posible dicha comprensión. Para ello es necesario estudiar los modos en los que podemos caer en error y creer que nos hemos formado una idea adecuada del presente cuando, en realidad, no es así. Existen al menos tres falacias (razonamientos incorrectos que aparentar ser válidos) de falsa comprensión del presente que analizaré a continuación. Con distinto grado de sutileza, todas ellas terminan por dejar en estado de ignorancia a individuos que creen estar al tanto de una realidad que desconocen.

Falacia de la información – Esta es la modalidad más extendida, y consiste en creer que comprender el presente es equivalente a estar informado. Si bien es evidente que para formarse una idea de la actualidad no basta con la mera acumulación de noticias, el ideal de la sociedad informada crea la ilusión de que ambas acciones son equivalentes. Nuevos medios de comunicación, mensajes y hechos en tiempo real. El acceso a la información se convierte en símbolo de democracia, pluralidad e inclusión social. El resultado, sin embargo, es la generación de una cantidad de datos tan inabarcable que impide todo análisis o reflexión.
La falacia parte de la creencia de que la información puede ser una “foto” neutral de la realidad, y de que si los individuos contaran con todos los “fragmentos” de dicha foto podrían formarse una idea perfecta del conjunto. Siendo que la información no es neutral ni abarcable por persona alguna, esta falacia crea una necesidad permanente (e imposible) de actualización, una dependencia hacia los medios de comunicación y un sutil estado de ignorancia, escudado en la complejidad de una realidad imposible de conocer. Hace aparecer, asimismo, al periodista como presunto analista habilitado del presente, legitimado a su cercanía con la información, e independientemente de su meditación y reflexión real sobre la misma.

Falacia económico-política – Esta falacia consiste en creer que comprender el presente es equivalente a poder explicarlo en términos de causas políticas o económicas. Basta para ello ver el peso excesivo que se le da a los sucesos políticos o económicos en los medios de prensa o ámbitos de debate. Sin negar la importancia de dichas disciplinas, se produce una visión parcial del presente, subordinando todo otro aspecto. Así, temas como la educación o la salud pasan a formar parte de la actualidad sólo cuando hay una decisión política o cuestiones presupuestales en juego. Asimismo, cuestiones que no pueden ser abordadas desde estas perspectivas (afectividad, espiritualidad, temáticas existenciales) pasan a grado secundario, médico o banal, perdiendo toda posibilidad de integrar cualquier conjunto de hechos relevantes.
En nuestro país dicha falacia puede rastrearse a través de causas históricas. La política brinda la ilusión de explicación integral por constituir un pilar fundamental de nuestra nacionalidad. Tras la construcción artificial del Estado Uruguayo (Convención Preliminar de Paz, 1828) y de la Batalla de Carpintería (1836), buena parte del siglo XIX trasladó el nacionalismo al ámbito político, sustituyendo la identificación nacional por las divisas blanca y colorada. Adicionalmente, la fuerte influencia que el batllismo imprimió en la idiosincrasia del siglo XX, contribuyó a crear un imaginario en el que la política era constitutiva del ser-uruguayo. Por otra parte, la centralidad económica en nuestro país, se vincula a la idea de intelectualidad comprometida con el presente que proviene, al menos, desde la época de la generación de Marcha (1939-1974). Sin contar el detalle de que Carlos Quijano profesaba la economía, el socialismo crítico que marcó a la clase intelectual consideraba las instancias económicas como elemento particularmente central en relación al orden social. Este hecho, dejó signada la huella de que la explicación económica debía ser elemento fundamental de una comprensión “comprometida” de la realidad social, en la que la cotidianeidad del individuo quedaba implícitamente incluida.
Tras la dictadura, la cual desdibujó el mapa político e intelectual que sostenía aquella visión, la falacia económico-política elevó indebidamente a políticos, politólogos, economistas y cientistas sociales a la categoría de analistas comprometidos con el presente, agregando en el imaginario social la idea de que pensar la realidad insumía un conocimiento técnico o político casi inaccesible al ciudadano común.

Falacia científica – Vinculada a las dos falacias anteriores, la falacia científica consiste en creer que comprender el presente es equivalente a tener un conjunto de datos justificados científicamente. Basada en la creencia errónea de la objetividad de la ciencia, dicha falacia ha otorgado gran influencia a la estadística, las encuestas de opinión y los sondeos, los cuales son tomados como método por el cual la actualidad puede ser descubierta en tiempo real. Asimismo, estadísticos y analistas de datos pasan a ser especies de “dueños del presente”, adquiriendo incluso el poder de influir sobre la realidad que están describiendo (piénsese, por ejemplo, en los estudios de opinión pública o la enorme influencia de las estadísticas en los últimos procesos electorales nacionales o departamentales)

En definitiva, las tres falacias construyen lo que llamaré presente falaz, que opera minimizando la capacidad crítica de los ciudadanos a través de varias operaciones. Multiplica abrumadoramente la cantidad de presuntos analistas del presente, da apariencia técnica a los análisis, y excluye la reflexión sobre lo único que puede otorgar sentido a la inmensa cantidad de datos que son producidos sobre el presente: la propia vivencia individual y colectiva.
En ese sentido, el presente falaz puede así hablar acerca de todo, excepto de una cosa: el individuo, sus decisiones, preocupaciones y necesidades cotidianas.
Comprender el presente, por lo tanto, se hace imposible desde esta óptica por dejar afuera el para qué y el para quién del análisis. Una verdadera comprensión comienza por cuestionar la utilidad de todo lo que se habla sobre el presente, y por pensar la vivencia humana como punto de reflexión fundante sobre el que debería asentarse todo discurso sobre la actualidad.


Horacio Bernardo (Montevideo, 1976) – Licenciado en Filosofía y escritor. Docente de Epistemología en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UdelaR). Docente encargado del curso “Introducción al pensamiento uruguayo” (Biblioteca Nacional, 2009, 2010). Columnista: “La filosofía y la vida cotidiana” en Radio DiamanteFM (Programa, La mañana en Camino). Ha dictado exposiciones y talleres en Montevideo, Buenos Aires, La Habana , México y Oaxaca. Obras: “Libres y esclavos” (cuentos, Ed. La Gotera , 2005), “El hombre perdido” (novela, Ed. Planeta, 2007), “Extraordinariamente solos” (novela – escritura instantánea, FONCA, México, 2008), “Esto no es una antología. Antología de narradores jóvenes uruguayos” (antólogo, Ministerio RREE – UTU, 2008), “Pensar lo regional en un contexto global” (compilador, FHCE, 2009), “Teoría de la Universidad ” (compilador, FHCE, 2009)

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2 comentarios:

A las 25 de marzo de 2011, 12:09 , Anonymous Adriana Dos Santos ha dicho...

Este presente falaz, sin embargo, parece tener una ligera consciencia de sí mismo (y sus limitaciones), porque genera una atracción desesperada por la “autenticidad”: entrevistas, transmisiones en vivo y reality shows, captan audiencias ávidas de verdad. Lo que llama la atención es que este mismo público niega la autenticidad de los resultados, a sabiendas de que el producto es un montaje dirigido a manipular el rating y las imágenes públicas de los involucrados.
La construcción del presente basada en la información se sabe incompleta y probablemente tendenciosa. Ni que hablar de la óptica económico-política. Tal vez la falacia científica sea la más creíble, pero siempre se “contamina” de las demás y todos terminan diciéndose lo que quieren escuchar.
En este contexto, tanto la realidad como el presente requerirían de una abstracción total respecto a la imagen que nuestro EGO proyecta de ambos. Fundamentalmente, porque el individuo que vive el día a día dentro de SU realidad, puede ser consciente o no de LA realidad, pero tendrá la tendencia de equipararlas. Por eso, el espejismo de realidad al que podemos acceder mediante esta percepción fraccionada (viciada de subjetividades externas e intereses creados), interpretada según la capacidad de análisis de cada uno, nunca podrá ser independiente de nuestras convicciones individuales más profundas. Seguramente existe una realidad absoluta, pero el hombre no está en condiciones de acceder a ella, porque tiene un universo fuera de su cuerpo y otro adentro…

 
A las 30 de marzo de 2011, 9:45 , Anonymous Anónimo ha dicho...

Comprender el presente es sin duda una utopía reguladora. Implica una capacidad de movimiento en y con un marco móvil, es una taréa tan titánica como la historia, y a su vez la implica. Pero lleva consigo el lastre existencial de la necesidad (lógio-deóntica). ¿para qué comprender? La comprensión es posible más allá de ámbitos relativos (v.g. la propia mente, aunque sea ficticia)? ¿Se puede hablar de un presente no-falaz, derivado de reglas de "inferencia" relativamente accesibles? Sn duda dejar el análisis del presente sería quitar las cargas ético-cognitivas del pasado y dejar en el plano de lo indefinido el futuro, lo cual es contradictorio a la racionalidad práctica.

 

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